viernes, 28 de diciembre de 2012

Frankenstein (3)

No tienes razón -replicó el demonio-. Soy malvado porque soy desgraciado. ¿No me odia y rehúye la humanidad? Tú, mi creador, me despedazarías y te alegrarías, tenlo presente; así que dime, ¿por qué tengo que compadecerme del hombre más de lo que se compadece él de mí? Si pudieses arrojarme a uno de esos precipicios de hielo y destruir mi cuerpo, obra de tus propias manos, no lo llamarías homicidio. ¿Y debo respetar yo al hombre, cuando él me condena? Que intercambie sus amabilidades conmigo, y en vez de daño derramaré sobre él todos los beneficios con lágrimas de agradecimiento por su aceptación. Pero no; los sentimientos humanos son barreras insalvables para nuestra unión. Sin embargo, no obtendrá de mí una sumisión de abyecta esclavitud. Vengaré mis ofensas; si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror; y a ti, mi mayor enemigo, por ser mi creador, te juro un odio inextinguible. Ten cuidado; buscaré tu destrucción, y no descansaré hasta desolar tu corazón, a fin de que maldigas la hora de tu nacimiento.

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