Hace tiempo llegué a la conclusión de que, si algún día llego a ser escritora, será porque soy una infeliz.
Y es que no entiendo por qué no puedo escribir algo decente* sin tener ganas de matarme.
Tanquilos, no hace falta que os alarméis demasiado pronto. Aún no he llegado a ese nivel. Pero siempre queda más bonito si dramatizamos.
*entiéndase por decente cualquier escrito con más de 140 caracteres.
Ahora quedaría bien alguna frase introductoria del tipo "Os estaréis preguntando...", que carece de sentido cuando sé, seamos francos, que la única que lee esto que escribo soy yo. Y tampoco voy a ser tan exigente a la hora de leerme. Pero, como ya he dicho, queda bien. Por donde iba:
Os estaréis preguntando por qué estoy aquí soltando el rollo cuando hace meses de mi última actualización. Pues bien: resulta que, recientemente, he hecho algunos descubrimientos interesantes sobre mi persona.
De esos que solo me importan a mí. Y, como soy mi única lectora, procedo a exponerlos, a ver si por escrito tienen más sentido que en mi cabeza.
Seguramente no.
Descubrimiento número 1: Soy mediocre.
Puede sonar un poco radical, así que dejad que me explique.
Para empezar, tengo quince años. Ese dato por sí solo explica la mayoría: es "la edad". Esa a la que culpamos de todos nuestros problemas, a cualquier nivel. ¿Malas notas? es la edad. ¿Mala conducta? es la edad. ¿Cambios de humor? la edad. ¿Complejos? ¿Inseguridades? la edad. ¿Quiere un lémur? la edad. (Y un poquito de influencia televisiva. Pero ese punto viene luego)
Menuda hija de puta, la edad esa.
Ahora que se acaba el año, me ha dado por pensar.
Y me veo aquí, con los dichosos quince años, y con una lista tan larga de defectos que hace que volver a nacer se presente como la solución más sencilla de todas.
Para empezar, el hecho de que no estoy contenta conmigo en varios aspectos, empezando por el físico. Siguiendo por una falta de éxito en el ámbito amoroso que no hace sino empeorar lo anterior.
No os vayáis a creer que soy ese tipo de persona que va en busca del amor. De hecho, todo lo contrario; el exceso de afecto me agobia. Pero la carencia total y absoluta de interés por parte del mundo hacia mi persona, me hace replantearme muchas cosas. De hecho, probablemente esa es una de las cosas que me ha llevado a escribir esto.
Supongo que se debe, en cierta medida, a la maldita edad que, según dicen, tiene que la culpa de todo. Pero si de algo no puedo echarle la culpa es del hecho que más me preocupa de todos; y es que he caído en la mediocridad, académicamente hablando. (Aunque, si lo sumamos a todo lo demás, llegaremos a la conclusión de que esta no está presente sólo en el ámbito académico. Lo cual anula el significado de la segunda parte de la frase. Podría borrarla en vez de añadir esta aclaración. Pero me gusta como queda.)
Y es que, mis resultados, de un tiempo a esta parte, dejan mucho que desear. Y me molesta, porque siempre he sido una niña inteligente. De esas que aprenden a hablar muy pronto, y a las que no soporta ni su puta madre. (O a las que únicamente soporta su madre. Todo depende del punto de vista. Mi madre es buena) Era de esas niñas que odiaban a todo ser viviente.
Al caso. Como niña inteligente que era, siempre sacaba unas notas de la hostia, hablando mal y pronto, aunque eso dio lugar a que desarrollara una cierta tendencia a creerme superior a los demás.
Por lo visto sólo se pierden las buenas costumbres.
Lo extraño es que, con el tiempo, esa cualidad pareció atraer a la gente, y empecé a llevarme bien con mucha gente. Yo, la niña lista, era popular. Tenía amigos. Era la reina de mi mundo. Sí.
Era.
Voy a ahorraros los sentimentalismos y unos cinco años de mi vida. El caso es que ahora tengo quince (ánimo, diez veces más y os lo aprendéis), y una recién descubierta habilidad para hacer enemigos.
¿Os he hablado ya del desprecio por sus semejantes que sentía la pequeña yo? ¿Esa que era demasiado inteligente como para sentirse comprendida? Pues al parecer las malas costumbres sí que se conservan. Lo cual, después de una profunda reflexión (caiga la ira de Batman sobre aquél que inventó las vacaciones) nos lleva al segundo descubrimiento.
Descubrimiento número 2: Odio.
odiar
- tr. Sentir odio o aversión por alguien o por algo.
♦ Se conj. como cambiar.
Creo que "aversión" se acerca más a lo que siento por la raza humana en general. Y, eh. Que conste que no vengo aquí dándomelas de misántropa, que para eso ya está Twitter. Debería ser bastante más profunda, pero creo que mi problema de punto de vista puede resumirse de una forma muy concisa: todos los demás son gilipollas.
A lo mejor debería explicarme.
Bien.
Quizá sea el alto concepto intelectual que he tenido siempre de mi misma (concepto que, por lo que he podido comprobar últimamente, quizá no sea de lo más acertado) el culpable de este hecho. Pero yo lo achaco a que me aburre la indiferencia.
Siempre he creído ser distinta a los demás en varios aspectos.
Pero el hecho de que lo diferente ahora esté de moda me convierte en una más. Hace que, por seguir la moda, la gente se empeñe en diferenciarse.
Lo cual, a grandes rasgos, convierte a la gente en yo.
Puede dar la sensación de que tengo un ego inmenso. Nada más alejado de la realidad, os lo garantizo. Lo que sí tengo, y es otro de los descubrimientos que he hecho, es un gran sentido de la propiedad.
El problema es, que este sentido mío se extiende más allá de lo que es en realidad propio.
Un gusto musical. Una forma de vestir. Expresiones. Hasta el gesto más pequeño.
Mío. Mío. Mío.
No niego que sea una paranoia. El caso es que, en el momento en el que esas personas que siempre te han caído simpáticas se convierten en una versión cutre de ti misma, sientes una profunda aversión hacia ellos.
Y también hacia ti.
Así que odio. Odio las modas, odio ser igual que todo el mundo, odio que todo el mundo sea igual que yo, odio a todo el mundo y me odio.
Descubrimiento número 3. Soy adicta.
Tranquilos; en mi línea, siempre me he considerado demasiado inteligente para drogarme.
Hablo de otro tipo de adicción.
¿Habéis leído en los periódicos eso de que antes los niños jugaban en la calle? ¿Y lo de que las nuevas tecnologías están destruyendo nuestra juventud?
Pues tienen razón.
Al fin y al cabo, estas máquinas tontas no son tan diferentes de esas drogas comunes de las que tanto se asustan las madres. Salvo por la parte de la euforia. Tecleando no se ven arcoíris ni los mundos de yupi. Aunque tenemos Nyan Cat.
¿Cuántas horas pasas en frente de un ordenador? ¿Llevas tu móvil a todas partes? ¿De cuántas redes sociales formas parte? ¿De qué forma te relacionas con tus amigos?
Oh, venga. Los más tradicionales lo llaman Tuenti, los más internacionales Facebook, Twitter los que se creen intelectuales y Tumblr los más modernos. Pero todos, absolutamente todos, dependemos por completo de esta basura electrónica, cada uno de una forma diferente.
Pero no solo eso.
Otras cosas mucho más antiguas y mucho mejor vistas por la sociedad, causan el mismo tipo de adicción. El cine. Las series.
¡Los libros! Leer es bueno. Mamá dice que leer es de listos. Pero si la literatura no causa adicción, que baje Batman y lo vea. Los tontos no cuentan.
Yo soy adicta. Sí.
Soy adicta a todo tipo de ficción.
(¡Hola, Noah!)
Lo cual enlaza de la hostia con el descubrimiento número cuatro, contestando a la pregunta de por qué soy adicta. Si es que soy una poeta.
Descubrimiento número 4: Soy una cobarde.
¿Por qué soy adicta?
He respondido a esa pregunta con el primer descubrimiento de todos; el que me abrió los senderos de la iluminación; el Moisés de mi decadencia: soy mediocre.
Por los motivos ya expuestos, y una vez hemos llegado a la conclusión de que mi vida es una mierda insustancial, podemos tomar varias decisiones para enmendarlo.
- Aceptación. "Mi vida es una mierda pero es mi vida y tengo que conformarme."
- Suicidio. "Mi vida es una mierda y no quiero seguir viviendo." Demasiado radical para mi caso; aún no soy del todo infeliz.
- Cambio radical. "Mi vida es una mierda, así que voy a hacer algo para solucionarlo". Probablemente esta sea la mejor opción de las que puedan presentarse. Una lástima que no sea la que yo he elegido.
- Distraerse viendo series y películas o leyendo libros, para intentar olvidar que tu vida es una mierda durante el tiempo que tarde Batman en venir y solucionar todos mis problemas de una manera milagrosa. "Mi vida es una mierda pero soy demasiado cobarde como para enfrentarme a ello, aunque sepa que la culpa es mía." Mejor opción que el suicidio, pero poco efectiva.
¡Enhorabuena! Lo habéis adivinado. Esta última es la opción más sencilla, aunque a la larga, no sirve para nada. Y es la opción que he elegido yo.
¿Cuál es la solución para mis problemas? Evadirme. Veo series, veo películas y leo libros siempre que me toca estar despierta. Y cuando duermo, me sumerjo en fantasías dónde yo soy esa persona increíblemente agraciada y talentosa que siempre se sale con la suya y es feliz.
Es decir, que me distraigo siendo alguien que no soy, dormida y despierta, para intentar olvidarme de que mi vida es una mierda.
"Recuerda, Harry, que no es bueno recrearse en los sueños y olvidarse de vivir", dice Dumbledore en uno de sus ataques de lucidez y sapiencia.
Supongo que por eso soy mortífaga.