viernes, 28 de diciembre de 2012

El retrato de Dorian Gray.

No hay influencia buena, mister Gray. Toda influencia es inmoral... inmoral desde el punto de vista científico.
Porque influir sobre una persona es transmitirle nuestra propia alma. No piensa ya con sus pensamientos naturales, ni se consume con sus pasiones naturales. Sus virtudes no son reales para ella. Sus pecados, si es que hay algo semejante, son prestados. Se convierte en eco de una música ajena, en actor de una obra que no fue escrita para ella. El fin de la vida es el propio desenvolvimiento, realizar la propia naturaleza perfectamente, esto es lo que debemos hacer. Lo malo es que las gentes están asustadas de sí mismas hoy día. Han olvidado el más elevado de todos los deberes: el deber para consigo mismas. Son caritativas, naturalmente. Alimentan al hambriento y visten al pordiosero. Pero dejan morirse de hambre a sus almas, y van desnudas. El valor nos ha abandonado. Quizá no lo tuvimos nunca, en realidad. El terror de la sociedad, que es la base de la moral; el terror de Dios, que es el secreto de la religión... éstas son las dos cosas que nos gobiernan. Y, sin embargo...
Y, sin embargo, creo que si un hombre quisiera vivir su vida plena y completamente, si quisiese dar una forma a todo sentimiento suyo, una realidad a todo sueño propio, el mundo ganaría tal empuje de nueva alegría...
Pero el más valiente de nosotros está asustado de sí mismo. La mutilación del salvaje tiene su trágica supervivencia en la propia negación que corrompe nuestras vidas. Nos vemos castigados por nuestras negaciones. Cada impulso que intentamos aniquilar germina en la mente y nos envenena. No nos queda más que el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de una pena. El único medio de desembarazarse de una tentación es ceder a ella. Si la resistimos, nuestras almas crecerán enfermizas, deseando las cosas que se han prohibido a sí mismas, y, además, sentirán deseo por lo que unas leyes monstruosas han hecho monstruoso o ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos tienen lugar en el cerebro. Es en el cerebro, y sólamente en él donde tienen lugar los grandes pecados del mundo. 
Usted, mister Gray, usted mismo, habrá tenido pasiones que le hayan atemorizado, pensamientos que le hayan llenado de terror, días de ensueño y noches de ensueño, cuyo simple recuerdo pudiera teñir de vergüenza sus mejillas.

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

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